Crónica: La cresta de Tromouse

¡Por fin cayó la Cresta de Troumouse!

El año pasado las tormentas nos obligaron a renunciar y teníamos pendiente esa arista. Las ganas eran enormes.

El viernes ya empezó con movimiento. Nada más llegar a Sabiñánigo nos encontramos un buen atasco provocado por una prueba ciclista y alguno de los monitores dejó bien claro que colarse en una retención… es de feos.

Entre unas cosas y otras llegamos al Aubergue La Munia casi de noche. Tiempo justo para plantar las tiendas, cenar en la terraza mientras Alberto nos explicaba el plan para el sábado y meternos en el saco. A las cinco sonaba el despertador y convenía descansar.

Aunque, en realidad, ya la noche dio para alguna sorpresa. A las cuatro de la mañana fui al baño y me encontré reunido al Comando Benidorm + Peperonis,inmerso en un cónclave de esos asuntos… digamos… de machotes. No entraré en detalles porque lo que se habla en Troumouse, se queda en Troumouse. ¡Vaya percal!

Después de tanto madrugón tampoco conseguimos salir especialmente puntuales. Poco antes de las siete aparcábamos los coches y echábamos a andar hacia el Col de la Sede. El primer rato transcurrió entre praderas verdes, vacas, ovejas y conversación tranquila, mientras las piernas iban entrando en calor y la cabeza no dejaba de pensar en los famosos Tubos de Gerbats, primer examen serio del día.

Y, la verdad… tanto respeto para luego descubrir que no era para tanto. En fila, despacico y buena letra, los superamos sin problemas.

Desde el collado comenzó la fiesta. La cresta nos fue llevando de cima en cima: primero el Pic Heid, nuestro primer tresmil, desde donde contemplamos todo el recorrido que nos esperaba. Y los lagos de Barroude, bellísimos, con agua color turquesa. Después llegaron las trepadas, los destrepes, tramos afilados y pasos aéreos hasta alcanzar el Pic Troumouse, que desde lejos parecía estar ahí mismo… pero tardó bastante más de lo que prometía. Segundo tresmil del día, momento para comer algo, reagruparnos y hacernos las ya tradicionales fotos de grupo bajo sus características barras metálicas. ¡Aúpa el Club Pirineos!

El siguiente reto esperaba al pie de Sierra Morena. Allí, los monitores, eficaces como siempre, montaron una especie de pasamanos vertical y nos aseguraron y, casi como si estuviéramos en una ferrata, fuimos progresando con total tranquilidad. Superado ese punto, una arista sencilla nos condujo hasta la tercera cima.

Parada de rigor. Reagrupamiento. Visita al baño (unas más que otras…). Y ese momento tan bonito en el vamos compartiendo sensaciones. Hay quienes nos abrazamos sin parar, sonreimos, hay quien reconoce haber pasado algún ratillo de miedo en los tramos más expuestos, quien empieza a notar el cansancio… pero todas coincidimos en lo mismo: estábamos viviendo un auténtico día de montaña.

Desde Sierra Morena descendimos por un sendero cómodo hasta la Pequeña Munia, cuarto tresmil, y, superando unas cuantas trepadas más, alcanzamos por fin La Munia, la cumbre más alta de nuestro itinerario.

Quinto tresmil. Última cima.

Ahí sí que la alegría fue absoluta. Abrazos, fotos, risas… Menudo photocall montamos durante toda la jornada. ¡Y qué vistas! Barrosa, Robiñera, los lagos de La Munia, las Tres Sorores, el Cilindro, Monte Perdido, Marboré, el Vignemale… Un espectáculo de esos que invitan a quedarse unos minutos en silencio intentando asimilar tanta belleza y grandiosidad.

Lo de guardar silencio, eso sí, para otro día. Porque… madre mía cómo casca la gente. (Desde el cariño, ¿eh?)

Pero todavía quedaba cresta.

Nos esperaban más destrepes, algún paso delicado y bastante roca descompuesta, así que tocaba mantener la concentración hasta llegar al Paso del Gato, equipado con una cadena que permitió bajar en un visto y no visto.

En Le Paset hicimos un rápel y, a partir de ahí, empezó el rock & roll.

El camino se desdibujaba continuamente. Que si por aquí, que si mejor por allá… Estelita, con determinación y claridad, fue liderando buena parte del descenso.

Después llegó la nieve. Crampones. Piolet. Bajamos una pala en buenas condiciones, volvimos a quitarnos el material y continuamos destrepando por un terreno bastante feo y poco agradecido. En un “caos controlado”, jeje, una parte del grupo fue destrepando y enlazando un par de rápeles más mientras otra descendía por otra pala bastante inclinada aunque con nieve en buenas condiciones.

A esas alturas ya íbamos con el depósito en reserva. El calor apretaba, las horas empezaban a pesar y yo ya pensaba en la ducha y la cena. a la que, por cierto, íbamos a llegar más tarde de lo previsto (como no podía ser de otra manera siendo una actividad de alta montaña con el club, que algunas que otras ya he vivido…).

Un pequeño grupo nos adelantamos para avisar al albergue de que llegaríamos tarde y Elena nos llevó hasta el coche a matacaballo. Me detuve un segundo para hacer una foto a las vacas que pastaban bajo el circo iluminado por la luz del atardecer y tuve que pegarme un buen sprint para volver a alcanzarlas.

Eso sí, la recompensa fue inmediata: la ducha supo literalmente a gloria.

Después llegaron la cerveza, la tertulia comentando la jornada (otro gran clásico del Club Pirineos) y una cena que puso el broche perfecto: una magnífica reblochonade con patatas asadas, queso reblochon fundido, ensalada, embutidos y un brownie con helado de vainilla para rematar.

¿Se puede terminar mejor un día así? Pues sí: durmiendo del tirón. Bueno… alguno decidió hacerlo al raso.

A la mañana siguiente disfrutamos de otro estupendo desayuno en el albergue. Y aquí toca felicitar a Alberto por la elección del alojamiento. El lugar es precioso, con su cascada, una familia encantadora, gallinas y dos perretes simpatiquísimos, pero, además, cuidan cada detalle: productos ecológicos, artesanos y de proximidad. Que se lo digan a Peperonis, que pidió una cola artesanal y casi no me deja probarla…

El domingo bajamos un poco las revoluciones visitando el Museo Pirenacio, en el Château Fort de Lourdes, antes de despedir el fin de semana compartiendo una pizza y poniendo rumbo a casa.

He necesitado un par de días para digerir todo lo vivido porque hay actividades que merecen reposarse despacio.

Me siento muy afortunada por haber compartido esta aventura con un grupo tan estupendo. Después de un tiempo sin participar en actividades del club, estos reencuentros están siendo un regalo.

Gracias al enorme equipo de monitores por hacerlo tan fácil. Gracias compas de actividad: a quienes os conocía y a quienes no, habéis sido una grata sorpresa.

Probablemente, nunca la Cresta de Troumouse haya sido recorrida por un grupo tan grande… no solo en número, sino también en ilusión, compañerismo y ganas de disfrutar.

Porque esta aventura nos llevó au bout du monde y mucho más..

(Raquel Tenias Barón)