Crónica: Embrujo del Pirineo
El embrujo del Pirineo: Crónica de un fin de semana de montaña, misterios y «limpieza interna»
Hay fines de semana que se planean para desconectar, y otros que, sin buscarlo, te conectan de golpe con la naturaleza, las risas y la buena gente. Eso fue exactamente lo que ocurrió un fin de semana de junio, cuando un grupo de excursionistas —algunos conocidos, otros perfectos desconocidos hasta el momento— nos pusimos en manos de unos monitores que no solo demostraron saber guiarnos por el mapa, sino también por las emociones.

Día 1: Del asfalto zaragozano a la magia de Añisclo
Todo comenzó con el clásico y siempre caótico ritual del sábado por la mañana: la reunión en el CPS de Zaragoza. Mochilas que no cierran, saludos a medio gas por el madrugón y el correspondiente reparto de coches. Con la caravana organizada, pusimos rumbo al norte. La primera parada obligatoria para reactivar las neuronas fue en un bar de Fiscal, el punto de encuentro estratégico para reagrupar al resto de los vehículos. Después de los cafés con leche, cruasanes, nos organizamos de nuevo. Destino: el espectacular Cañón de Añisclo.
Una vez allí, el ritual de la montaña se puso en marcha: aparcar, calzarse las botas (ese momento en el que uno ya se siente oficialmente montañero) y escuchar las presentaciones de los monitores. Y así, con el grupo listo, empezamos a caminar adentrándonos en el cañón.
El paisaje ya era impresionante por sí solo, pero los monitores tenían un as bajo la manga. A medida que nos internábamos en la garganta de roca, nos sorprendieron con lecturas de historias del Pirineo: leyendas locales y misterios sin resolver de brujos y brujas que, según dicen, habitaban la zona. El eco de las historias se mezclaba con el sonido de nuestros pasos.
Pronto llegamos a un rincón de un pueblito precioso, habitado únicamente por una pareja: un artesano que nos enseñó las maravillas que salían de sus manos y su mujer. En ese oasis atemporal nos topamos con una fuente mágica. Decían las malas lenguas del lugar que quien bebiera de su agua sumaría cien años de vida. Por si acaso, más de uno tragó con fe; nunca viene mal asegurarse un siglo de excursiones.
Avanzamos hasta un rincón verdaderamente mágico donde el silencio solo lo rompía el murmullo del río. El calor ya empezaba a ser plomizo, así que aprovechamos para echar un bocado. Allí brotó la generosidad montañera: el festival de compartir viandas, donde el embutido del vecino siempre sabe mejor que el tuyo y el chocolate mucho más.
Tras el descanso, nos pusimos en marcha de nuevo. A mitad de un sendero estrecho, rodeados de un verde impactante y conversaciones animadas, llegó el momento álgido del día. Lidia detuvo al grupo y nos invitó a participar en un sorteo muy cotizado: la suite del albergue. Una habitación individual con baño incluido, el Santo Grial de los alojamientos compartidos. El premio no se hizo esperar y la afortunada se quedó con esa cara de absoluta sorpresa que se te queda cuando asumes que «estas cosas siempre le tocan a los demás», pero esta vez te toca a ti. Mientras ella lo asimilaba, el resto la mirábamos con una mezcla de sana envidia y el firme propósito de hacernos sus mejores amigos por si había que compartir espacio. Gracias que Jesús rompió el momento con otra lectura del lugar, donde convertía el momento en un momento único.
Con las piernas cansadas pero el ánimo arriba, regresamos a los coches y pusimos rumbo a Torla, donde nos esperaba el albergue, la famosa suite y el gran plan de la noche.













Caos de albergue, vino exquisito y el conjuro de la queimada
La llegada al albergue fue el divertido contraste de siempre. Por un lado, la ganadora de la suite: maleta arriba, llave en mano y una paz envidiable. Por el otro, el resto de los mortales: «¿dónde tengo sitio?», «¿dónde están los baños?», «¿quién se ducha primero?». Ante el dilema, algunos optaron por la vía rápida de la felicidad y se fueron a tomar una cerveza; otros, que se ve que no habían tenido suficiente caminata, se lanzaron a explorar las tiendas de Torla y el resto de sus calles, su iglesia y sus vistas.
Las 20:30 de la tarde que se hicio de rogar. El hambre apretaba tanto que el reloj parecía ir hacia atrás. Pero la espera valió la pena. Nos recibieron cuatro mesas grandes y alargadas. De forma totalmente aleatoria, nos sentamos mezclándonos unos con otros, rompiendo el hielo definitivo entre platos de una cena que no es que supiera rica por el hambre, es que estaba realmente exquisita. El vino, generoso y de gran calidad, ayudó a soltar las risas y a tejer conversaciones entretenidas en un ambiente ya totalmente relajado.
Y entonces, llegó el broche de oro: la queimada. Los monitores comenzaron los preparativos con un detalle de categoría premium: el orujo venía directamente de Galicia, un favor personal de la mujer del dueño del albergue, gallega de pura cepa. Con las luces apagadas, el fuego azul del alcohol empezó a danzar en la oscuridad, convirtiendo el comedor en un rincón místico. Hubo cánticos, más lecturas de brujas y, finalmente, el esconxuro en gallego.
El trago era de obligado cumplimiento. Algunos nos tomamos un vasito; otros, con más pecados que purgar, repitieron. En mi caso, aquello fue una auténtica limpieza interna. No sé si fue por lo mucho que quemaba, por los grados del alcohol o porque realmente tengo mucho que quemar por dentro (jajajaja), pero el cuerpo se quedó como nuevo. Para algunos, la noche se alargó combinando el orujo con otros alcoholes de colores más refrescantes. Y, como dicta el código de la montaña: lo que pasó a partir de ahí, se queda en Torla.





Día 2: Bajo la mirada oculta del Vignemale y el adiós en Bujaruelo
El domingo amaneció con un desayuno completo. Había que llenar bien la panza porque el día prometía. De nuevo en las mesas compartidas se empezó a escuchar conversaciones y risas de los que trasnocharon y de algunos que sin querer no hacer ruido hacían todo lo del mundo y otros que ya dentro de la habitación no se enteraban de nada. Mochilas listas, maletas al coche y, de nuevo en fila de a uno, enfilamos hacia Bujaruelo. ¿Quién no ha visto nunca su emblemático puente romano? Es una postal que nunca cansa.
Comenzamos la caminata siguiendo el curso del río Ara. Agradecimos enormemente que soplara un viento fresco, mucho más agradable que el calor plomizo del sábado. Caminamos con buen ritmo hasta el refugio, el punto desde donde se debería visualizar al imponente Señor Vignemale. Allí, cobijados por la historia, Lidia nos leyó una crónica del Conde Henry Russell, transmitiéndonos ese amor romántico y la pasión casi mística que sentía por los Pirineos.
Continuamos la ruta cruzando pequeños arroyos, manteniendo siempre al Vignemale a nuestra derecha, aunque el gigante decidió jugar al escondite y no nos permitió ver su cumbre, guardando su misterio tras las nubes.
Nos aproximamos a la orilla del río Ara, y un poco antes de llegar a la corriente, nos cobijamos bajo el abrazo de un único árbol que dominaba la zona. Dejamos las mochilas, descansamos y disfrutamos de un nuevo relato. Algunos nos acercamos a la orilla para maravillarnos con la fuerza salvaje que llevaba el agua y desafiar la fuerza del viento para hacernos unas fotos de recuerdo. Tras el bombardeo de flashes, volvimos al resguardo del árbol a comer unas almendras antes de emprender el regreso.
La vuelta nos pilló más introspectivos. En fila de a uno, escuchando el silbido del viento y con la mirada puesta en el suelo para no tropezar, desandamos el camino hasta el puente de Bujaruelo.
El aplauso final
Allí, los monitores dieron por finalizado el fin de semana. El aplauso del grupo fue espontáneo, unánime y cargado de agradecimiento por su impecable organización, su dedicación y por habernos regalado algo más que una simple caminata.
El final de la escapada tuvo de todo: unos valientes insensatos que se atrevieron a bañarse en las gélidas aguas del río, otros que se lanzaron directos a la «hidratación típica» de barra de bar, y otros que simplemente apuraban el último bocado de sus mochilas. Pero todos, absolutamente todos, compartíamos la misma mirada fija en la belleza que nos rodeaba.
Nos volvimos a Zaragoza con las piernas cansadas, el olor a hoguera en la memoria y la mente limpia, pensando ya en la siguiente escapada, en el próximo fin de semana y en esa adictiva sensación de absoluta libertad que solo se siente cuando estás perdiéndote —y encontrándote— entre las montañas.
Allí nos veremos de nuevo. – Ainhoa Martínez –






Estas y otras fotos:

