Sin productos en el carro
OJOS DEL SALADO (6.891 m)
La montaña más alta de Chile, la segunda de América y el volcán activo más alto del mundo. Situado en el desierto de Atacama, el más árido de cuántos existen, su ascensión requiere una logística bien planificada, especialmente por la necesidad de acarrear agua.
Encargamos a una agencia local la organización de la expedición, basada en un programa de adaptación escalonada a la altitud y en la aportación de los suministros de alimentación y alojamiento necesarios.
Casi desde el principio nos vimos sorprendidos por modificaciones del programa, en principio poco preocupantes. No se puede decir lo mismo de la alimentación, que flojeaba en cuanto a cantidad y variedad. Problema que, lejos de subsanarse, iba empeorando paulatinamente.

Habíamos satisfecho una importante suma de dinero y lo que recibíamos a cambio era a todas luces insuficiente. Escasez de comida y agua, tiendas en mal estado, falta de comunicación (salvo cuando nos la ofrecían amablemente otras expediciones), uso de refugios libres sin disponibilidad garantizanda… Resumiendo: buena parte de los servicios que recibíamos no los aportaba la agencia (pero sí que los había cobrado).
Es asumible que la alimentación en los campos de altura sea precaria, pero en los campos base debe ser completa porque el rendimiento físico depende de ello.

Tras realizar algunas actividades de aclimatación, incluyendo la ascensión al San Francisco, de 6.016 m de altitud, se plantea el ataque final.
Estamos en el paraje denominado Atacama (5.250), con un viejo contenedor como única instalación de apoyo. Existe otro campo de altura llamado Tejos (5.820) donde en otros contenedores solo pueden dormir siete personas y desde donde es aconsejable lanzar el ataque.
Como la agencia no nos proporcionaba sitio allí, decidimos lanzar el ataque desde abajo, Atacama, y acometer un desnivel de más de 1.600 m.
Casi sin dormir, iniciamos la ascensión sobre la una de la madrugada. En un par de horas nos plantamos en Tejos y, entre algo de descanso y preparativos, nos dieron las cinco y reanudamos la marcha.
De todas las variables involucradas solo parecía haber dos fiables: nuestro estado de forma y aclimatación por un lado y la previsión meteorológica por el otro.

Las primeras luces del alba nos sorprenden rebasada ampliamente la cota 6000, el paso se hace más lento por la altitud y la gravilla de la senda.
Tras un cambio de pendiente, entramos en el cráter y la monotonía del paisaje es sustituida por un conjunto de heleros y paredes que aportan vistosidad y emoción. Vemos la canal que nos dirigirá a la cresta somital; es momento de equiparse con el arnés y de intensificar la concentración. Se nota la altitud; curiosamente, las pausas obligadas por los pasos de escalada suponen un alivio.
Escalada vertical en algún momento, pero con cuerdas fijas para asegurarse, roca noble y dificultad escasa. Aun así, prohibidos los errores. Ganamos la arista, se alivia la pendiente y alcanzamos la mitad del objetivo: la ansiada cumbre. Celebración, fotos, banderas… y a pensar en la bajada. Conscientes del riesgo, la concentración era máxima. Luego no fue para tanto. Llegados a la pedrera de la base de la arista, urgía continuar sin pausa, por si caía alguna piedra.
El descenso con calma pues nos quedaban muchas horas de luz. Al llegar al campo base de Atacama la cocinera se había marchado. Al parecer, se pudo acoplar a un grupo que la trasladaría a su lugar de residencia y tenía prisa porque iba a ser su cumpleaños. En el fondo daba igual, ¡porque no quedaba ni comida ni agua!
Aguantamos como pudimos y al día siguiente apareció la dueña de la agencia. Como podéis imaginar, la conversación fue correcta, pero tensa.
Hasta aquí el resumen de una expedición exitosa, con un nivel de exigencia física que se preveía alto y que lo fue.
Los demás pormenores y curiosidades, a su debido tiempo, los incluiremos en el audiovisual que proyectaremos en el club.


