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Conferencia sobre seguridad en montaña en el salón social del club Pirineos.

José Ignacio “Rizos” Amat: “La montaña no es buena ni mala. La montaña es peligrosa”

Dicen que después de haber sufrido un episodio fuerte de estrés, las personas se vuelven miedosas, desconfiadas o se refugian en el aislamiento. A este suboficial de bomberos natural de Elda (Alicante) el accidente le obligó a pasar 17 días ingresado, tres meses sin poder andar y nueve meses de baja. Durante ese tiempo, entre otras cosas, pensó. Pensó en lo ocurrido, en cada paso, en cada movimiento, en cada instante, en cada sensación, en cada decisión. De su larga experiencia como montañero, gestor de emergencias, guía y docente en seguridad en alta montaña y actual responsable de Comunicación del Comité de Seguridad de FEDME, añade a su extenso currículum el duro trance de ser víctima de la avalancha más salvaje ocurrida en el Mont Blanc en los últimos 40 años, en la que murieron nueve personas. De aquel proceso de reflexión nació el libro SEGURIDAD EN MONTAÑA. LOS PELIGROS OCULTOS. Esta entrevista hecha minutos antes de su conferencia en el CLUB PIRINEOS el pasado 10 de abril, combina su palpitante testimonio con sus conclusiones y respuestas a unas preguntas ausentes entonces pero muy presentes ahora, donde también cabe insertar factores inherentes al ser humano vinculados al montañismo.

“Era el 12 de julio de 2012 -comienza a relatar José Ignacio-. Había terminado mis labores como profesor y guía en la zona de la Alta Saboya. Junto con un amigo queríamos subir al Eiger, pero no estaba en condiciones y decidimos hacer algo más fácil. Una travesía por la ruta de los cuatro miles y bajar por Gouter. No era una actividad fuera de nuestro alcance”.

Exceso de confianza: Es el precursor o la causa primaria de la mayoría de los accidentes en montaña.

“Conseguir plazas para un refugio en el Mont Blanc (4.810 m.) en verano sin haberlo programado es difícil. Es temporada alta y los refugios están saturados. Tuvimos la suerte de que nos cedieron unas reservas y conseguimos alojamiento en el refugio de Cosmiques (3.613 m.). La méteo avisaba de fuertes vientos en la zona, pero amainaba sobre las 7 o las 8 de la mañana del día de nuestra salida. El teleférico estaba cerrado por viento y mal tiempo, pero al final se abrió para alpinistas, aunque la situación no era la mejor. “Qué suerte hemos tenido”, nos dijimos.

La suerte: Lo único que debemos tener en cuenta de la palabra SUERTE como montañeros es que cuanto mejor me preparo, más entreno y más me formo, más suerte tengo.

“Hicimos la aclimatación la tarde anterior a nuestra salida. Amanecimos lo más temprano posible y cogimos el primer turno de desayunos de la 01:00 AM. Como había mucha gente en la zona de equiparse con crampones, dejamos que se desalojara un poco y nos tomamos una segunda cup of coffee. Íbamos tranquilos, ya que no teníamos la responsabilidad de ir con clientes ni alumnos, y luego ya nos meteríamos prisa en el momento de correr. Después de que saliera todo el mundo, nos equipamos y salimos. La ruta queríamos hacerla rápida, a ver si podíamos bajar unos tiempos”.

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A veces el más experimentado prepara menos la actividad, cuida menos los detalles…

No. Cada uno asume los riesgos siempre al filo de la navaja. Hay una cosa que se llama el principio de homeostasis del riesgo. Esto quiere decir que tendemos a compensar riesgos inferiores en un área asumiendo riesgos mayores en otra. Un experto va a estar dentro de unos niveles de asunción de fallos más pequeños. Como si en una actividad de repetición elegiera hacerla más rápido, con menos material para ir más ligero y seguramente por un lugar donde la dificultad sea mayor, un lugar más vertical o donde para él le suponga un reto mayor. Una persona inexperta se llena de porsiacasos, va más cargada, pero está en su límite. Si el primero tiene un fallo, las consecuencias son más dañinas (asume mayor riesgo), pero el segundo tiene más posibilidades de error por su inexperiencia. En una ruta de senderismo te tropiezas y tienes un esguince. En una arista sin encordar, si te tropiezas y caes, te matas.

Seguridad en uno mismo: Hay que contrastarla con compañeros que nos ayuden a ver si hemos evaluado correctamente.

“Salimos y empezamos a adelantar a gente, distintas cordadas de dos, de tres. Recuerdo que llegamos muy rápido al Hombro del Tacul (4.120 m.). Desde ahí veíamos que había cordadas encarando al col de Mont Maudit, con su pequeña escalada en hielo. Para llegar allí hay que pasar por una gran travesía donde estás flanqueando una gran pendiente muy pronunciada, que baja un glaciar colgante con varios seracs y termina en un último gran glaciar. Hay un cortado con una caída de más de 1000 metros. Yo ya había hecho el Mont Blanc con alumnos y clientes y lo recordaba de entonces. Hacía un fuerte viento, eran las 3 de la mañana y ya empezábamos a entrar en esa zona peligrosa. Paramos a orinar y nos adelantó una cordada, que cuando nos pusimos en marcha volvimos a adelantar. Hubo un momento en que nos encontrábamos en una zona con grietas y seracs. Ya en el glaciar, comenté con mi compañero la necesidad de encordarnos. Fue en ese momento, debajo de un gran serac, cuando de repente se oyó, sin ser un gran estruendo, un fuerte chasquido. Empezaron a caer como piedras. Exactamente no sabes qué es, puesto que no teníamos más luz que la del frontal en medio de la noche, y estás bajo el ensordecedor e incesante ruido que te da el viento. Me vi totalmente empujado como un resorte y salí despedido, volando, como si me hubiera embestido un toro o un coche. Algo difícil de explicar. Caí fuertemente al suelo y empecé a arrastrarme por la pendiente. Recuerdo ir boca abajo, no podía parar ni cambiar de posición. Intenté autodetenerme con el piolet pero no pude, y comenzó a empujarme sin cesar una gran superficie, algo con mucha fuerza, que me llevaba hacia abajo. Bloques de hielo, de nieve, de piedras. Recuerdo que salí volando porque los seracs se convirtieron en rampas y saltaba a toda velocidad. Sentí que aceleraba otra vez, caí de nuevo, perdí el piolet y ya fui en caída libre y absoluta, en medio de la nada, y me dejé llevar. La impotencia me desbordó ante el incontrolable descenso. Claramente suponía que estaba cerca de aquel cortado a cuchillo de 1000 metros del que tantas veces habíamos hablado. Me abandoné a mi suerte. No podía luchar más y pensé en qué mal, qué mal lo van a pasar mi mujer y mi hija. Sabía que iba a morir. Durante todo este proceso había sentido unos pequeños saltos, y esperaba el grande. Estuve calculando el tiempo. Normalmente 4 o 5 segundos es una gran caída, pero yo llevaba entre 20 y 30 segundos arrastrado contra mi voluntad. En esos 20 o 30 segundos te da tiempo a hacer muchas cosas: a luchar por tu vida, a minimizar el impacto, a dejarte llevar… Entonces noté cómo deceleraba en el descenso. Me planté, noté que me quedaba quieto, y ese fatal golpe que estaba esperando no llegaba”.

El conocimiento: El conocimiento sin vivencia y sin experiencia se queda cojo en la montaña.

“Hice mucha fuerza con las manos y empujé hacia arriba, en un intento de hacerme un hueco donde estaba metido y saltó la nieve que tenía frente a mi cara. Entre la oscuridad de la noche y en medio de todo ese aturdimiento, vi algunas estrellas y el cielo negro. Después de todas esas vueltas, solo había quedado una pequeña placa encima de mí. Estaba casi en la superficie. Cogí una bocanada de aire, y luego otra, y otra más, mientras me aseguraba que ese aire que respiraba era real y no la expiración, y pensé: “Estoy vivo”. Pero también pensé que era imposible que estuviera bien. Intenté salir todo lo que pude de la nieve que me envolvía, pero no llegué a ponerme de pie. Palpé mis piernas, palpé las zonas blandas del abdomen para averiguar dónde me dolía, los brazos, me puse las manos en la cara y noté la sangre. Al intentar ponerme de pie volví a caer y deduje que tenía el tobillo roto. Comencé a llamar a mi compañero. No recibía respuesta. Busqué mi mochila que había perdido durante el proceso, pero la tenía cerca y pude arrastrarme hacia ella. Buscaba el móvil para pedir ayuda y escuché la llamada de mi compañero a lo lejos, y al levantar la vista vi frontales que venían hacia mí. Eran mi compañero y la cordada que habíamos adelantado un momento antes de todo aquello”.

Humildad: Es nuestro mejor valedor para progresar como montañeros.

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“La avalancha nos pilló a todos. Unas 30 personas. Detrás de mí no murió nadie. Pero delante estaba la peor escena: los más graves y los muertos. Vino mi compañero y entre los dos pedimos ayuda con las coordenadas que me daba el GPS. Yo empecé a tener mucho frío. Junto a la impotencia de no poder andar, de no poder moverme para entrar en calor, estaba un gran viento de cara a 4.000 metros de altitud a las 4 de la mañana. Aún faltaban un par de horas para la salida del sol y la llegada del helicóptero. Me puse toda la ropa que pude. Sentía la hipotermia por momentos. Saqué la manta térmica, me hice un ovillo y me concentré. Cada vez tenía más frío y lo único que podía hacer era luchar contra él. Tuve tiritonas a lo bestia, intenté protegerme del viento. Aguantar y aguantar, solo podía aguantar. Mi compañero no me podía ayudar en nada. Intentaba darme conversación, pero le dije que me dejara, que las pocas energías que tenía las debía de invertir en concentrarme, en mantener la serenidad y sobrevivir al frío mientras mi cuerpo parecía romperse entre aquellos fuertes espasmos. Una gran impotencia. Esas terribles tiritonas me hicieron perder 6 kilos en 4 o 5 horas. En la montaña he vivido situaciones de pasar mucho frío, pero aquello fue demasiado. No sabía qué hacer. No podía moverme, no podía generar calor por ningún medio. La impotencia, una vez más, me sobrepasaba. Empezaba a despuntar el alba. Al rato empezamos a oír quejidos. Pensábamos que el alud nos había caído a nosotros y a los de atrás. Mi compañero decidió acercarse a ver si podía ayudar. Me arrastré un poco para intentar ver lo que pasaba y nos encontramos que, justo donde nos había dejado la avalancha, un poco más a la izquierda, había sido mucho más desastrosa, con mucha más cantidad de volumen de hielo y nieve, y vimos cuerpos semi cubiertos, agonizantes, otros con convulsiones, en posturas imposibles. Con la mirada seguías cuerdas que estaban semi enterradas, por lo que debajo habría alguien. Era espantoso. Por mi profesión estoy acostumbrado a ver situaciones extremas, y ahora, con la perspectiva del tiempo, reconozco que fue muy duro”.

La montaña siempre ha sido un territorio hostil y traicionero ¿Qué la convierte en segura?

Uno mismo. Saber evaluar cual es el límite. Desde FEDME hemos desarrollado un código de seguridad que dice claramente: conócete a ti mismo. Para mí es uno de los fallos más grandes en seguridad. El autoconocimiento está por encima de lo que significa la montaña. Infravaloramos la actividad porque no nos hemos valorado correctamente a nosotros mismos.

El ego: Junto con el orgullo van de la mano. No nos deja ver más allá de nosotros mismos.

“Yo estaba vivo y mi único objetivo era sobrevivir. En ese momento no reconocí la dureza de aquello. Mi empeño en salir de allí me hizo mantener la cabeza fría, muy centrada en la supervivencia. Mi compañero iba y venía con la cara desencajada y tuve que darle instrucciones de cómo actuar: Haz esto, intenta sacar a tal, haz lo otro, intenta reanimar a cual, no vayas hacia esos, céntrate en aquellos otros... En ese escenario no asumes la realidad. Tu cabeza está en gestionar momento a momento. No fui consciente hasta que llegó la ayuda. Hacía muchísimo viento y el helicóptero era incontrolable, y si el viento no amainaba, era posible que no pudieran sacar a nadie de allí. Y ante su fuerza, el piloto no estaba seguro de que, si dejaba allí a los gendarmes, si podría volver a por ellos y a por los demás. La evacuación tuvo que ser muy rápida, cada segundo era vital. Nos lanzaban dentro de la nave como si fuéramos sacos. Después me enteré de que, cuando fueron los efectivos a la zona, pensaban que solo eran dos personas las afectadas, los que habíamos llamado al 112. Pero cuando llegaron vieron que había por lo menos 30 personas a las que atender y evacuar. La previsión se cumplió y sobre las 7 de la mañana el viento amainó. Si no hubiera pasado aquello, habríamos hecho una cima impecable. Más tarde salió el sol y poco a poco fui recuperando la temperatura.”

¿La preparación técnica y física son objetivas a la hora de preparar una actividad?

Cada uno tiene una realidad diferente, cada uno tiene una percepción diferente de lo que es uno mismo. Por lo tanto la condición física y técnica muchas veces difiere en unos parámetros muy altos. Cuanto más experto eres, mejor conoces tu formación técnica y física. Pero por otro lado pecas muchas veces, por la familiarización del entorno y la cercanía del objetivo, de exceso de confianza, y las decisiones que tomas no son las adecuadas. Una persona inexperta se cree que tiene más competencia y que es mucho mejor de lo que en realidad es. Entonces falla mucho más en evaluar su condición física y técnica, y se enfrenta a los peligros de una manera más relajada, más frívola, al no evaluarlos correctamente.

La paciencia: Es lo que nos hará sabios.

La emoción: Tiene que estar equilibrada siempre con la razón cuando vayamos a tomar las decisiones más importantes de nuestra vida.

“17 días ingresado dan para mucho. Sobre todo para pensar. Mucho, todo el rato. Y ves pasar momento a momento todo lo ocurrido. Antes y después del accidente. Sobre todo piensas en el antes. Cuando te pasan este tipo de cosas lo fácil es relacionar lo que ha pasado con la mala suerte. Y quizás es verdad. Una avalancha de esas características, en el lugar donde ocurrió, la época del año que era, es muy poco predecible. Tendemos a frivolizar con las posibilidades de avalancha en verano. Siempre que hay nieve hay peligro de aludes”.

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¿Un experto montañero es el que ha logrado mayores éxitos?

No. Está claro que hay que tener mucha experiencia para ciertos logros, pero hay grandes retos conseguidos llenos de una irresponsabilidad y de una sucesión de malas e inadecuadas decisiones enorme. A veces se valora alguna toma de decisiones solamente por el reto conseguido. Ha hecho cima y ha bajado. Pero ha pasado por zonas avalanchosas de riesgo 4 y no le ha pasado nada, pero tenía todos los puntos. ¿Un experto se mueve de forma más segura por montaña que un inexperto? Sí, pero eso no le convierte en un gran montañero. La calidad de un montañero no se mide por los logros ni por los accidentes que tiene. Sí que es verdad que una persona con más conocimientos es menos rescatada, puesto que es más autónomo y sabe enfrentarse mucho mejor a los peligros.

“Ahora –después de lo ocurrido-, digo que siempre que vamos a terrenos nevados hay que llevar ARVA, sonda y pala. Si a mí me hubiera cubierto de nieve la avalancha, y hubiera tenido posibilidades de haber sido rescatado, nadie habría podido hacerlo, porque no llevaba ARVA. Si yo hubiera podido moverme con soltura en la nieve para asistir a alguien, no habría podido rescatar a nadie, porque no llevaba ARVA. En aquel momento de apuro, las personas que empezaron a desenterrar siguiendo las cuerdas y su instinto, lo hacían con piolets. Y ya ves lo rentable que es querer apartar nieve con un piolet. La nieve tiene que estar unida al ARVA, la sonda y la pala. Llevamos la mochila llena de porsiacasos: botiquín, manta térmica, frontal, ropa de recambio y de abrigo, algo de comida… cosas que me vinieron bien en aquel momento. Pero tendemos a resolver que la culpa nunca es nuestra, que la culpa es de otro o de circunstancias externas y ajenas a ti. En este caso a la mala suerte”.

¿Se programan bien las actividades? ¿Se hace bien la gestión previa?

Desde el punto de vista subjetivo para cada uno, yo pienso que sí. Nadie piensa que lo está haciendo mal. Y ese es uno de los problemas que nos encontramos: hacer ver a la persona que no lo está haciendo bien. El trinomio información, formación y planificación está muy bien. Pero es difícil que la persona sea consciente de que no es suficiente la formación que tiene, o que la información que ha recabado cojea o que no ha planificado de manera adecuada, sopena que haya tenido un accidente. Soy director de la Escuela Valenciana de Alta Montaña y la gente que acude a formación alcanza ya los 30 o 35 años, que se da cuenta de que necesita saber más y alguien que le guíe.

La intuición: Es el conocimiento por antonomasia.

La previsión: Es necesaria para hacer una montaña segura.

“Delante de nosotros iba Roger Payne, el responsable de la UIAA (Union Internationale des Associations d’Alpinisme) en el desarrollo de los documentos sobre nivología. Muy experto en esto, y murió unos metros delante de donde yo estaba. Había muchas cordadas con guías que cayeron. Mientras estaba en urgencias, reconocí a guías que había visto el día anterior en el refugio. Había un austriaco con el que había hablado después de la cena unas horas antes, y cuando le pregunté por sus clientes me respondió deslizando el pulgar de lado a lado de su cuello. Era muy joven, y tenía la cara dibujada entre su fortuna y la mala suerte de sus clientes”.

¿Qué tendríais que haber hecho en el refugio que hubiera evitado aquello?

Echarle la culpa a la suerte, o conseguir una cima, o conseguir un logro por la buena suerte no es correcto. No voy a decir que la fortuna no es importante para ciertas cosas que te pasan en la vida. A nosotros, esa segunda “cup of coffee” nos salvó la vida. Esa parada a hacer pis en el hombro del Tajul nos salvó la vida. Si hubiéramos estado 50 o 100 metros más adelante de donde estábamos, de tener un 30 o 40 por ciento de posibilidades de estar vivos, el porcentaje hubiera sido de un 90 o 99 por ciento de posibilidades de estar muertos. Está claro que la fortuna estuvo de nuestro lado. Aquello fue como tirar una bola cuando están plantados los bolos. Según donde te pille, puede tirarte o no. ¿Otras decisiones? En principio la nuestra fue correcta. Si la situación hubiera sido otra, las posibilidades habrían sido menores.

El sentido común: Puede ser tu gran aliado pero también puede ser tu mayor peligro.

“Allí había gente muy experta y muchos íbamos con la sensación de confianza absoluta de que lo que habíamos hecho era lo correcto. La fortuna jugó un papel muy relevante, pero ahora también digo que los que estábamos allí de alguna manera menospreciamos e infravaloramos el lugar por donde nos estábamos moviendo. Y eso fue la clave: llevo 25 años formándome y formando a gente, y te das cuenta de que únicamente con conocimientos no es suficiente. La información, formación y planificación son la base de la seguridad, pero hay algo más: son la actitud y las decisiones que adoptas”.

La aptitud: Suma en la seguridad.

La actitud: Multiplica la seguridad.

El mensaje de que la montaña es un territorio hostil no llega

Sí que es verdad que la gente se acerca a la montaña de manera muy frívola. Se acercan con teleféricos, con senderos bien marcados, y reciben una sensación de seguridad que no es la correcta. Hay campañas que insisten en cómo planificar una salida. Pero para una persona que nunca ha ido a la montaña, planificar una salida es ver sol durante todo el día en la aplicación del móvil, tener claro que quiero ir a este sitio que pone en la guía, y que hoy ya no llevo sandalias, porque llevo unas botas que me han vendido muy bonitas, pero no sé si son de montaña o no. Planificar una actividad de montaña es algo más. Es hacer una evaluación de los peligros que me voy a encontrar. Allí somos nosotros mismos, y tenemos que tomar una serie de decisiones en una situación de incertidumbre que nos exige una formación y una experiencia. El escalón que hay entre lo que uno cree que es, las competencias que uno cree tener y la realidad, es altísimo. Cuando empiezas te crees que eres mucho mejor de lo que verdaderamente eres. Da igual que sea senderismo, que barrancos, que subir un 4000.

Entonces el mayor peligro en la montaña somos nosotros mismos…

Sin ninguna duda. Es cuestión de las malas decisiones en momentos clave. Son decisiones sesgadas, tomadas bajo la influencia de emociones, cuando nos hemos dejado llevar. Las decisiones tienen que tomarse de una manera fría y calculada. Necesitas tener una conversación entre la emoción y la razón. Nunca debemos de perder la perspectiva de la situación, estar siempre con un grado de atención supremo, siendo conscientes de las sensaciones de confort sin olvidar donde estamos. A veces la accesibilidad y la cercanía hacen que se nos distorsione la realidad. Fácil no significa exento de peligro. Cuando salimos a la montaña nos preguntamos si es fácil o difícil en cuanto a desnivel, distancia y tiempo empleado. Pero hay que saber ver muchas otras cosas.

“La ignorancia nos hace tomar decisiones ignorantes y la desesperación nos hace tomar decisiones desesperadas”

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SEGURIDAD EN MONTAÑA. Los Peligros Ocultos (Ed. DESNIVEL) es un libro de obligada lectura entre los habituales a la montaña. Está plagado de frases que invitan a la reflexión, a mirar cara a cara a la montaña y sus desafíos, a sus deseadas y amenazantes aristas, a sus bellos y vertiginosos picos, a sus tentadores y furiosos barrancos. Y de un plumazo, te viene a la mente esa publicidad idealizada que decoran los centros comerciales y te obliga a poner los pies en el suelo y a atender a nuestro instinto. Porque “la cumbre siempre debe de estar en nuestro hogar y el éxito reside en la forma de conseguirla”. “Las malas experiencias son buenas si te dan una segunda oportunidad”, remata Rizos.

Sonia Linacero

Club de Montaña Pirineos.

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